Fiesta de 15 años de Marcela

Era la época en que todas cumplíamos 15 años y hacíamos fiestas. Algunas más importantes que otras, pero a todas íbamos de “largo”. En ese tiempo, sólo usábamos vestidos largos para las fiestas. Marcela había entrado ese año y tenía algunas costumbres extrañas que molestaban a la mayoría. Cuando después de tantos años pienso cuáles eran esas cosas que nos irritaban para contárselas, no puedo recordarlas. Era callada, quizás parecía más niña que el resto, un poco ingenua... Nada importante. Se acostumbraba invitar a través de tarjetas. La de Marcela parecía una invitación de cumpleaños de alguien menor. Muchas compañeras se burlaron a sus espaldas.

Llegó el día del cumpleaños y, con una amiga y dos amigos que nos pasaron a buscar, llegamos a la fiesta. La casa estaba decorada con guirnaldas y flores; la mesa, a un costado para dejar espacio para bailar, estaba repleta de comida. La tarta era grande, con cintas para tirar... Numerosos familiares estaban sentados contra la pared. Cuando entramos, nos dimos cuenta que éramos sólo nosotros los que concurrimos a la fiesta y, para colmo, sólo íbamos a estar un rato porque después teníamos otro cumpleaños. Pasamos por el comedor y salimos al patio. Nos sentamos en un banco y charlamos de cosas sin importancia, fingiendo que todo estaba bien. La música sonaba en el salón sin que nadie bailara. Apenas comimos unos pinchitos aunque estuvimos más tiempo del planificado pero, finalmente nos fuimos

El lunes siguiente, Marcela fue a la escuela como siempre, pero la expresión de su rostro había cambiado. Nunca más sonrió y, al año siguiente no volvió a la escuela. Han pasado muchos años y recuerdo a Marcela con mucho dolor. Recuerdo a los invitados que no fueron y, a los que, como nosotros cuatro, tampoco disfrutamos de la fiesta. Nosotros fuimos -como cuenta Jesús en la parábola-, los que entraron al banquete sin la “vestimenta” adecuada. Marcela debe haber sufrido muchísimo. Ninguna de nosotras sabemos qué fue de ella, no se despidió de nadie y nunca más la nombramos. Nos perdimos una fiesta, nos perdimos la posibilidad que nos regalaba Marcela de encontrarnos y disfrutar juntos. Nos perdimos la posibilidad de conocerla.

¿Viviste alguna situación especial? ¿Dejaste a alguien de lado?. Jesús disfrutaba de las fiestas, de las comidas... Todos estaban invitados a esas fiestas. Algunos no querían ir porque no les gustaba que fueran los más pobres y los pecadores. Otros iban para “ver” qué hacía y decía Jesús. Cuando estamos con Jesús, no hacemos distinción entre las personas, todos somos hermanos.

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