Perdonar siempre

Estela, una niña de diez años, estaba cansada de Simón, y, con razón. Lo había perdonado en numerosas oportunidades. Una vez pasó corriendo y le tiró todo lo que tenía sobre el escritorio. Las carpetas se abrieron y las hojas alfombraron el suelo. Él se agachó para ayudarla: —Perdóname, fue sin querer, te ayudo. —Sí, está bien, te perdono, pero déjame, yo lo ordeno todo. Cuando terminaba el recreo corría a toda velocidad hacia donde estaban el resto de los compañeros y, casi siempre se chocaba contra alguno. Una tarde se chocó contra Estela que estaba agachada atándose el cordón de la playera y terminaron los dos con las rodillas fastidiadas. —Perdóname, no te vi, fue sin querer. El “perdóname, fue sin querer”, le salía con suma rapidez y facilidad. Una mañana de calor, Estela se había comprado un helado en el bar de la escuela. Salió al patio y un pelotazo estrelló el helado contra su bata blanca. —Perdóname, fue sin... Estela no dejó que Simón terminara la frase. —¡Estoy harta de tu “perdóname, fue sin querer”! Se armó una gran discusión en la cual intervenían cada vez más compañeros a favor de una o del otro.

La maestra de turno escuchó y se aceró. Les dijo que se fueran y se llevó a Estela a la sala de maestros. Le pidió que se sacara el delantal, lo enjuagara un poco y luego lo colgara en una percha. —Quédate así, no importa, lo ponemos al sol, en un ratito se va a secar. Anda y trata de arreglar las cosas con tu compañero. —¡Estoy harta de Simón!, todo el tiempo pide perdón, pero no se fija por dónde camina, corre de un lado hacia otro, se choca, tira todo. ¡Basta!, no lo perdono más. —Bueno, haz como quieras, le dijo la maestra y, no intentó convencerla. Estela pasó el resto del día enfadada. No sólo con Simón, sino con todo el que se le acercaba.

De la misma forma llegó a su casa. Durante la comida sólo se habló de Simón, lo mismo en la hora de la merienda y durante la cena. Esa noche Estela tuvo un sueño extraño. Era su cumpleaños y recibía un regalo, no distinguía bien qué era, pero en el sueño estaba feliz de lo que llevaba en sus manos. Entraba a su casa e intentaba dejar el regalo en alguna parte. Pero todo estaba ocupado: la mesa, los estantes, los cajones, los sillones. Cada vez que se acercaba a alguna parte para apoyar ese regalo que llevaba protegido entre sus brazos, encontraba que no había lugar para dejarlo. Sabía que si lo colocaba en el suelo se iba a estropear. La única forma de poder disfrutarlo era deshacerse de algo de lo que había en la casa. Mientras miraba qué sacar, su mamá la despertó. Estela le contó el sueño y le preguntó qué significaría. —No sé interpretar los sueños, pero quizás la casa eres tú. Fíjate con qué tienes ocupado tu interior que no puedes disfrutar de lo que te gustaría. Estela pensó y se dio cuenta que la tarde anterior había estado tan llena del enojo hacia Simón, que no había disfrutado de nada de lo que le había sucedido.

Y eso que su mamá se esforzó haciendo su tarta de manzana preferida y su papá le había leído varios capítulos del libro que tanto le gustaba antes de dormirse.

¿Por qué Estela no podía disfrutar de lo que le gustaba? ¿Cómo podía sacar de su corazón tanto enfado? ¿Viviste situaciones similares?, ¿qué hiciste? Jesús nos dice que tenemos que perdonar siempre. Para perdonar es necesario, imprescindible, que haya arrepentimiento. Sin arrepentimiento y reconocimiento de que actuaron mal, no puede haber perdón y tampoco reconciliación. Lo que podemos hacer es quitar el rencor de nuestro corazón, para que se pueda llenar de amor.

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