La familia Gabini - (5ta parte) - Primeros amigos

El fin de semana fue intenso. El sábado, mudanza; y el domingo comenzó mal lloviendo y cuando terminó la lluvia, se mejoró con un paseo en bicicleta. Cuando Carlitos regresó a la casa, vio que cada miembro de la familia estaba ocupado en algo. Marisol estaba en el jardín jugando con las muñecas. La hierba estaba muy crecida y ella se imaginaba que estaba en una selva. Lucrecia buscaba entre las cajas sus lápices y las cosas para la escuela que tenía que usar al día siguiente. Marcela limpiaba los armarios, y Daniel, el horno de la cocina y la heladera. Sonaba una música suave en el ordenador y el sol entraba por las ventanas. Por la mañana, la casa parecía mucho más bonita.

– ¿Tenemos Internet? –Sí, Carlitos, los vecinos nos están prestando su clave. Acúerdate que yo tengo que trabajar y necesito poder comunicarme con la empresa.

– ¿Puedo jugar a los jueguitos? –Sí, dijo el papá, pero hace un ratito vi que pasaban unos chicos hacia la plaza con una pelota. ¿No quieres ir a ver? Era la primera vez que Carlitos iba a salir solo. Aunque fueran un poco lejos, no estaba acostumbrado.

– ¿Puede venir Lucrecia conmigo? Quizás hay alguna chica de su edad.

Su hermana aceptó de inmediato, le encantaba la idea de salir sola con su hermano. Llegaron a la plaza y vieron varios niños en el sector de los juegos. Se acercaron tímidamente. Cuando los otros chicos los vieron, se fueron corriendo a preguntarles si querían jugar. Estaban buscando un tesoro. Contaban que hacía muchos años, los más ancianos del pueblo llegaron procedentes de Italia. Entre todos los inmigrantes que no tenían casi nada, había uno que cargaba un gran bolso que no dejaba en ningún momento. Nadie había visto que lo abriera jamás. Bromeaban que lo tenía pegado a la mano. Una vez que hubieran llegado al puerto de Buenos Aires, desde ahí, habían recorrido el mismo camino que los Gabini, pero en carreta.

En todo el trayecto el hombre y el bolso no se habían separado. De noche, lo usaba como almohada. Habían llegado a estas tierras y cada familia había conseguido un terreno donde hacer su casa. El hombre se había ubicado en el más alejado. Construyó un cuartito, y nadie lo volvió a ver. La casa quedó deshabitada desde entonces. Los chicos llevaron a los dos hermanos unas casas más adelante y le señalaron varias paredes sin techo.

–Es lo que queda de la casa. ¿Os animais a entrar y buscar el bolso? Carlitos no tenía ningún interés en entrar. Siempre era sumamente prudente y no le daba confianza ese lugar. Lucrecia, que era más atrevida, dijo:

–En todos estos años, ¿no entraron nunca? ¿Nos estaban esperando a nosotros? ¿Entramos todos juntos? Tomó a uno de los chicos de la mano y se dirigió hacia la construcción con decisión. El resto de los chicos los siguieron. El techo se había caído y la vegetación crecía por todas partes. No quedaba nada de lo que había sido el suelo. Tampoco había mucho para ver, la casa había tenido una sola habitación.

–Aquí no hay nada–dijo Lucrecia. Los chicos reconocieron que todo había sido una aventura, que siempre inventaban historias y que ellos llegaron justo en medio del juego. Volvieron a la plaza, pero antes pasaron por la casa de uno de ellos para buscar leche y bizcochos. Los dos hermanos regresaron a casa y hablaron durante la cena de cómo se divirtieron, de la casa misteriosa y de los amigos nuevos que habían hecho.

¿Cuáles son tus juegos preferidos? ¿Cómo te haces con nuevos amigos? ¿Qué buscas en un nuevo amigo?. El tesoro escondido es Dios, no porque él se esconda, sino porque nosotros tenemos que tener un corazón parecido al suyo, capaz de amar, para reconocerlo. Cuando nos damos cuenta de la importancia del mensaje de Jesús, dejamos todo lo demás de lado para seguirlo. Si nos ganamos un ordenador último modelo en un concurso pero, para dárnosle, nos piden que dejemos el viejo modelo, ¿no lo haríamos? Cuando nos encontramos con Jesús, vamos dejando el egoísmo, la búsqueda de mi bien personal al que no le importa nada de lo que le pase al otro..., para encontrarnos con la verdadera felicidad: el Reino de Dios.

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