La familia Gabini - (4ta parte) - Primeros días

Los arreglos en la casa de los bisabuelos en Arroyo Corto llevarían bastante tiempo. Iban a comenzar por las habitaciones. Primero, la de los chicos para que pudieran acomodar sus cosas y adaptarse más rápidamente. Los baños funcionaban bastante bien, aunque había alguna que otra pared un poco destrozada y en el baño más grande había que tirar agua con un cubo. Los primero días dormirían todos en el comedor. Esa noche, después del asado de bienvenida, la mudanza y el viaje, la familia Gabini se durmió profundamente, tanto que no escucharon los truenos ni la lluvia sobre el techo de chapa. Tampoco se dieron cuenta de que había goteras.

En varios lugares de la casa, caía agua. La que primero lo notó fue la hija menor, Marisol.

–Mamá, papá, el techo está llorando. Está triste -dijo medio dormida y entre sueños. La mamá la abrazó, era evidente que la que estaba triste era ella. La llevó a su colchón. Luego, corrieron todas las cosas que estaban debajo de las goteras, colocaron plásticos y revisaron que las cajas estuvieran secas. Con el ruido, se despertó Carlitos que, sentado en el colchón, con los ojos bien abiertos miraba a sus padres.

–Esto es peor de lo que pensábamos -dijo. Llueve por todos los sitios de la casa, y estamos en un horno.

—No, dijo el papá, es lógico que una casa deshabitada tenga goteras. Ya sé, montemos la carpa y vosotros tres dormís ahí. ¿Te parece? La carpa quedó montada en el comedor durante las tres semanas que llevó arreglar las habitaciones. Carlitos se levantó a la mañana siguiente de muy mal humor. Estaba convencido de que la decisión de sus padres de dejar la comodidad que tenían en la Ciudad para irse a vivir a esa vieja casa en un pueblo desconocido estaba errada; ¡encima con ese nombre! Cuando les había dicho a sus compañeros que se iba a vivir a Arroyo Corto, se habían reído y dicho. –¿Te vas a un pueblo que en vez de río, como el río de la Plata, tiene un arroyo y encima corto? La mesa para comer, había quedado contra la ventana.

–Ven, a ayudarme con el desayuno -le dijo el papá desde la cocina. Pero Carlitos se hizo el sordo y siguió sentado a la mesa mirando hacia fuera. No ayudó a poner las tazas, ni a exprimir el zumo ni a hacer las tostadas. Nadie hacía las tostadas como él, que sabía hacerlas en el punto justo: ni muy blancas, ni muy tostadas, crujientes, pero no duras...

Agarró una tostada y se la comió así, sola, sin decir nada.

–¿Está rica la tostada? -preguntó su mamá. –Sí... da igual... Daniel, Marcela, Lucrecia y Marisol se miraron. Que no protestara era grave, estaba muy desanimado. De pronto, se escuchó un grito desde la calle. Era el vecino que venía andando en bicicleta y llevaba otra agarrada del manillar.

—Carlitos, ¿vienes a dar una vuelta? En la salida del pueblo, al borde del camino, hay unos manzanos que están repletos de fruta. ¿Vamos a buscar? Mi mamá me enseñó a hacer la mejor tarta de manzana del mundo. Carlitos miró a sus padres.

—¿Puedo? -preguntó-. Vuelvo en un rato.

—Sí, anímate. Carlitos volvió con una bolsa repleta de manzanas rojas, grandes, deliciosas y con otro ánimo.

¿Qué te pone de mal humor? ¿Cómo lo superas?. Dentro de cada uno hay cizaña y hay trigo, hay cosas buenas y cosas malas. Tenemos toda la vida para hacer crecer lo bueno que hay en cada uno. También puede ser que convirtamos lo bueno en malo y, con mayor frecuencia, porque Jesús nos ayuda, podemos convertir lo malo en bueno. Jesús nos tiene paciencia, nos espera, sabe lo que valemos, sabe que, cada día, podemos amar más.

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