Un alto en el camino

En un lejano país hubo una vez una época de gran pobreza, donde sólo algunos ricos podían vivir sin problemas. Las caravanas de tres de aquellos ricos coincidieron durante su viaje, y juntos llegaron a una aldea donde la pobreza era extrema. Era tal su situación, que provocó distintas reacciones a cada uno de ellos, y todas muy intensas.

El primer rico no pudo soportar ver aquello, así que tomó todo el oro y las joyas que llevaba en sus carros, que eran muchas, y los repartió sin quedarse nada entre las gentes del campo. A todos ellos deseó la mejor de las suertes, y partió.

El segundo rico, al ver su desesperada situación, paró con todos sus sirvientes, y quedándose lo justo para llegar a su destino, entregó a aquellos hombres toda su comida y bebida, pues veía que el dinero de poco les serviría. Se aseguró de que cada uno recibiera su parte y tuviera comida para cierto tiempo, y se despidió.

El tercero, al ver aquella pobreza, aceleró y pasó de largo, sin siquiera detenerse. Los otros ricos, mientras iban juntos por el camino, comentaban su poca decencia y su falta de solidaridad. Menos mal que allí habían estado ellos para ayudar a aquellos pobres...

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El Pincelito

Había una vez un pincel que era la admiración de todos los demás lápices, pinceles y crayones, puesto que con él habían sido pintados los cuadros más hermosos que habían salido de ese taller. Cuando el pintor tenía que realizar una obra de calidad o un trabajo muy importante, siempre acudía a él, puesto que sus suaves cerdas eran las que más finos y delicados trazos imprimían sobre el lienzo, y le daban un toque especial a cada detalle de la obra. Esto llenaba de orgullo a nuestro amiguito, que solía pasearse orondo por el taller, mirando por encima del hombro a los demás elementos de dibujo, puesto que sabía que él era el mejor. Todas las fibras y acuarelas del taller suspiraban por el galán.

Cierto día, un viejo plumín de tinta china, envidioso porque nuestro amiguito era el centro de la atención femenina del taller, sembró en él una inquietante cizañita. Le dijo: "¿Tú te crees muy bueno? Pues lamento informarte que tú solo no vales nada. Jamás decides tú qué es lo que pintarás, o qué colores utilizarás, sino que eres un miserable esclavo del pintor que es quien te usa como a él se le da la gana". Esto inquietó al pincelito. ¿Sería verdad lo que el plumín había dicho? ¡No! El pintor era bueno... Pero... si era así, ¿qué derecho tenía el pintor de hacer con él lo que quisiera? ¡El pincelito era el que se ensuciaba y el que se desgastaba al raspar contra el lienzo. ¿Por qué había de llevarse los laureles el pintor?

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La Familia

Ésta es la historia de un artista que, insatisfecho de su trabajo, un día le dijo a su esposa:
—Me voy a ir de viaje. Necesito encontrar inspiración para pintar mi obra maestra.
Viajó por muchos países. Contempló mucha belleza, pero no encontró lo que andaba buscando. Un día salió a pasear, detuvo a una novia en el día de su boda y le preguntó:
—Dime, por favor, ¿qué es para ti lo más hermoso del mundo?
Ella le contestó con mucha naturalidad:
—El amor.
El artista continúo su camino pensativo. ¿Cómo pintar el amor?
Poco tiempo después, encontró a un soldado que volvía de la guerra. El pintor lo sorprendió:
—¿Cuál es la cosa más bella del mundo?
El soldado le contestó sin dudar:
—La paz.
Y el artista apesadumbrado se preguntaba:
—¿Cómo pintar la paz?
Siguiendo su búsqueda, se acercó a un creyente que iba camino del templo y le hizo la misma pregunta.
El creyente contestó:
—La fe es la cosa más bella del mundo.
Y el artista continuó pensativo:
—¿Cómo pintar un cuadro de la fe?
Casi desesperado, después de tanta búsqueda de inspiración, volvió a su casa, cansado. Pero, a su llegada, la esposa lo recibió con ternura y calor. El artista encontró el amor del que le había hablado la novia.
Todo, en su lugar, respiraba tranquilidad y seguridad. Era la paz de la que le había hablado el soldado.
Y cuando sus hijos lo besaban, vio, en sus ojos de niños... la fe del creyente. Había encontrado en su hogar la inspiración que andaba buscando afanosamente fuera de casa: la familia.

La caja fuerte

0004Había una vez un hombre sabio, gran matemático, al que en cierta ocasión un hombre muy rico y muy avaro le pagó un gran tesoro por encontrar la forma de obtener el máximo beneficio en todo lo que hiciera, pues su gran sueño era llenar de oro y joyas una inmensa caja fuerte que había fabricando él mismo.

El matemático estuvo encerrado durante meses en su laboratorio; cuando pensaba que había encontrado la solución, descubría errores en sus cálculos... y vuelta a empezar. Una noche apareció en casa del hombre rico con una gran sonrisa en la cara: "¡lo encontré!", le dijo, "mis cálculos son perfectos". El avaro, que al día siguiente partía para un largo viaje y no tenía tiempo de escucharle, le prometió el doble del oro si se quedaba a cargo de sus bienes poniendo en práctica sus fórmulas. El matemático, entusiasmado por su descubrimiento, aceptó encantado.

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Las olas de la vida

0003Una vez, un niño se hizo un barquito de madera y salió a probarlo en el lago. Sin darse cuenta, el botecito impulsado por un ligero viento fue más allá de su alcance.
Apenado, corrió a pedir ayuda a un muchacho mayor que se hallaba cerca, para que lo ayudara en su apuro. Sin decir nada el muchacho empezó a juntar piedras y a arrojarlas... al parecer en contra del barquito.

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