¿Todo termina con la muerte?

Actualmente son muchos los que piensan que no hay más vida que la vida en la tie­rra. Y que, cuando morimos, nos convertimos en nada. En tiempos de Jesús encarnaban esta mentalidad los saduceos. Ellos admitían la existencia de Dios y creían también que Dios había creado al mundo y a los hombres y había dado unos mandamientos por medio de Moisés. Pero negaban que, des­pués de la muerte, los muertos volviesen a la vida, es decir, re­sucitasen.

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Migración

Las golondrinas migran todos los años buscando territorios con un clima más agradable y comida en abundancia.
Gabi era una golondri­na que recién había dejado el nido, en unos pocos días debería ini­ciar su primer vuelo hacia el norte.
Sus padres y amigos se veían muy felices arreglando lo necesa­rio para el viaje, dis­cutiendo rutas y pla­neando estrategias de vuelo para un camino muy largo.
Gabi no hablaba, escuchaba. Hasta que de repente, abrió el pico.

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Los Camellos

Una caravana con muchas carretas y animales atravesaba el desierto. Por las noches los viajeros se detenían, armaban las carpas y ataban a los ani­males. El encargado de los camellos era un muchacho joven que había consegui­do su primer trabajo y hacía las cosas con mucho cuidado. Su tarea era fundamen­tal, porque si los ca­mellos se escapaban, significaba quedar aislados en el medio del desierto con riesgo de la propia vida.

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Paragcort

Paragcort no es el nombre de un reme­dio, aunque suene como tal, sino el de un pueblo; y fue inspirado por un curio­so objeto inventado por sus fundadores. Cada habitante de Pa­ragcort sale a la calle metido dentro de un paraguas con cortina. Pueden verse de to­das las clases. Osados transparentes, de los que no temen ser vis­tos; opacos, con aguje­ros pequeños a la altu­ra de los ojos para ver para afuera y no caer en un pozo, usados por los más tímidos o por los que por algún motivo desean ocultarse.

Los adultos usan paraguas son sobrios, de un solo color, como mucho tienen dos. Azul y celeste, marrón y amarillo... Nunca rojo y verde o violeta y amari­llo. Los funcionarios los usan negros. Los niños, multicolores o con dibujos de animales o algún super héroe. Los de los médicos y maestros son blancos. También los Paragcort de los cocine­ros... cosa que genera más de un proble­ma cuando al médico se le pregunta la receta del flan de chocolate o se le pide al cocinero que coloque una vacuna. No importa si brilla el sol o hace mucho ca­lor. Nadie sale sin su paraguas con corti­na. Viven felices y creen haber resuelto muchos problemas. Es cierto que algu­nas cosas se complican; darle la mano a un niño para cruzar la calle, o llevar a un bebé en brazos... pero es cuestión de práctica. Las ventajas valen la pena; ya no se ven peleas, na­die reconoce a su ve­cino molesto, o al jefe mandón, o al amigo que engaña. Tampoco es posible saber si el otro está alegre o tris­te, si le duele la mue­la o la tripa o si está tomando una gaseosa o sacándose un moco.

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Los chicos de sexto "A"

Los chicos de sexto “B” creían que eran los mejores de la escuela, y esto parecía ser cierto, porque, cuando jugaban al fútbol en el recreo, siempre ganaban y, además, en el estudio, tenían mejores notas que los de sexto “A”.
Los del “B” comprendían fácilmente las consignas, y los profesores avanza­ban en el programa de tareas mucho más rápido que en el otro curso, en donde debían explicar una y otra vez las cosas.

A mediados de año, su­cedió algo que modificó esta situación.

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