La familia Gabini - (2ª parte) Decisión difícil

Marcela llegó a un arreglo con la empresa en la cual trabajaba. Dos veces al mes debería ir a la ciudad y el resto del tiempo podría trabajar desde su casa. La apreciaban mucho y sabían que cumpliría con el trato. Daniel renunció a su trabajo, pero el dueño de la ferretería que lo estimaba mucho se ofreció a ayudarlo para que abra su propio negocio en Arroyo Corto. Los dos estaban muy ocupados con estos temas, mientras los niños organizaban qué llevarían a la nueva casa.

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La familia Gabini - (1ª parte) Decisión difícil

La familia Gabini vivía en la ciudad de Buenos Aires. Marcela y Daniel, mamá y papá. Carlitos, Lucrecia y Marisol, hijo e hijas. Marcela trabajaba como diagramadora para una empresa de indumentaria. Daniel era vendedor en una ferretería. La ciudad de Buenos Aires les parecía muy bonita, les ofrecía muchas oportunidades; al mismo tiempo los devoraba, los aprisionaba.

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Reflexión al Evangelio del 25 junio 2017 - 12ª semana del tiempo ordinario, Domingo A: Mt 10, 26-33

Jesús estaba adoctrinando a los apóstoles, preparándoles para la misión a la que les iba a enviar. Les había hablado de los peligros que podían tener en su predicación: ser perseguidos, insultados, estar entre lobos ellos que eran como ovejas. Y, claro, todo esto les había llenado de temor. Por eso Jesús les consuela y les dice: “No tengáis miedo”. Así también decía san Juan Pablo II desde el principio y otros papas.

Hoy también nos lo dice Jesús a nosotros, porque en este mundo, a pesar de decir que hay muchos adelantos, hay también muchos miedos. Y una señal de estos miedos es que todo se procura dejar bien cerrado: la casa, el coche o auto (recuerdo los años en que yo dejaba por la noche el coche abierto en la calle y con las llaves puestas). Hay miedo de perder el empleo, hasta de tener el dinero en el banco, miedo a los desastres, al terrorismo, etc. Y en el terreno religioso hay miedo a los cambios en la Iglesia, miedo al qué dirán en el apostolado, miedo al fracaso, a las críticas. La gente que vive atemorizada, suele pensar sólo en las fuerzas humanas y materiales. Y hasta los cristianos creemos poco en la ayuda de Dios.

Hoy Jesús quiere quitarnos los miedos como lo hizo con los apóstoles. Para ello les da unas razones:

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Mensaje del Papa Francisco por Navidad

Cuando oigamos hablar del nacimiento de Cristo, guardemos silencio y dejemos que ese Niño nos hable; grabemos en nuestro corazón sus palabras sin apartar la mirada de su rostro. Si lo tomamos en brazos y dejamos que nos abrace, nos dará la paz del corazón que no conoce ocaso.

Este Niño nos enseña lo que es verdaderamente importante en nuestra vida. Nace en la pobreza del mundo, porque no hay un puesto en la posada para Él y su familia. Encuentra cobijo y amparo en un establo y viene recostado en un pesebre de animales. Y, sin embargo, de esta nada brota la luz de la gloria de Dios.

Desde aquí, comienza para los hombres de corazón sencillo el camino de la verdadera liberación y del rescate perpetuo. De este Niño, que lleva grabados en su rostro los rasgos de la bondad, de la misericordia y del amor de Dios Padre, brota para todos nosotros sus discípulos, como enseña el apóstol Pablo, el compromiso de «renunciar a la impiedad» y a las riquezas del mundo, para vivir una vida «sobria, justa y piadosa» (Tt 2,12).

Que, al igual que el de los pastores de Belén, nuestros ojos se llenen de asombro y maravilla al contemplar en el Niño Jesús al Hijo de Dios. Y que, ante Él, brote de nuestros corazones la invocación: «Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación» (Sal 85,8).

Iglesia diocesana: somos una gran familia contigo

El día de la Iglesia diocesana se ha convertido en un acontecimiento tradicional, pasando a formar parte del calendario litúrgico y pastoral. Este año me gustaría que fuera una celebración entrañable como corresponde a una fiesta familiar, a la luz del hermoso lema de esta jornada: Somos una gran familia CONTIGO. Así lo hemos experimentado en la jornada pastoral con la que clausuramos el Año de la Misericordia. En un encuentro familiar cada miembro es importante, más aún, insustituible: sin su rostro, su nombre, sus proyectos, sus ilusiones y sus problemas, la convivencia sentiría una carencia, una nostalgia.

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