Derechos del niño: Derecho a la salud

La maestra de sexto grado preguntó a los niños: “¿Qué es estar sano?”. Algunas de las respuestas fueron: no estar enfermo, que no te duela nada, que estés fuerte, que no estés resfriado, que puedas venir a la escuela...

—Vamos a dejar anotadas esas respuestas en la carpeta, pero para la semana que viene, investigad en vuestras casas, preguntad a vuestros padres y abuelos, qué es estar sano. Cuando llegó el momento de poner en común las respuestas, la mayoría llevó escrito: “La salud (del latín salus-utis) es un estado de bienestar o de equilibrio que puede ser visto a nivel subjetivo (un ser humano asume como aceptable el estado general en el que se encuentra) o a nivel objetivo (se constata la ausencia de enfermedades o de factores dañinos en el sujeto en cuestión). El término “salud” se contrapone al de “enfermedad”, y es objeto de especial atención por parte de la medicina y de las ciencias de la salud”.

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Derechos del niño: Derecho a la educación

Javier soñaba con ser maestro, pero maestro rural. —¡Si a ti no te gusta el campo! –le decían sus familiares. —Si te gusta salir todos los fines de semana, ¿qué vas a hacer metido en medio de la nada? –le decían sus amigos. Javier les daba la razón, no le gustaba el campo, sino salir con los amigos al cine, al teatro, a todos los lugares que le permitía la gran ciudad en la cual nació y se crió. Sin embargo, al mismo tiempo, desde que había visto el aviso en la cartelera del profesorado, sentía una necesidad de ofrecerse para ser maestro rural. El día que dió el último examen, cuando los amigos le tiraban huevos en la cabeza, él quedó con la cara pegada a la cartelera de entrada: “Se necesita maestro en el paraje La Primavera, La Rioja”. Sin que hiciera el mínimo esfuerzo, se le grabó el teléfono al cual había que llamar. Al día siguiente, se comunicó y, en menos de una semana, tomó el autobús hasta los llanos de La Rioja.

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Derechos del niño: Derecho a la intimidad

En la familia de Marta, los niños elegían el regalo de cumpleaños. El Día del niño, Navidad y Reyes, salían a pasear con la familia o recibían algo para todos, una bicicleta, un juego de mesa... Si el regalo que deseaban era costoso, se lo hacían entre varios familiares o amigos. Cuando Marta cumplió 11 años, pidió a su abuela que le regalara un diario íntimo. —Uno de esos cuadernos que tienen candado para que nadie los pueda abrir –le dijo. —¿Para qué quieres uno de esos?, le preguntó la abuela. —Para escribir cosas mías, que nadie lea. La abuela sabía qué era un diario íntimo; cuando era pequeña también tenía un cuaderno en el cual escribía lo que hacía durante el día, especialmente lo que había sentido. Era un cuaderno de hojas cuadriculadas, en las cuales escribía con letra pequeña, sin dejar un renglón libre, cómo la maestra le decía que era lo correcto. En la escuela, eran muy estrictos: subrayar con regla y no escribir en el margen. Pero la abuela, en su diario, no dejaba ni un lugarcito sin escribir. A veces, empezaba a escribir en el centro de la hoja y seguía en espiral hasta cubrirla totalmente. Luego había que leerlo dando vueltas el cuaderno.

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Derechos del niño: Derecho a la identidad, a un nombre, a ser llamados como queremos

A Loto lo llamaron así desde que nació. Por supuesto, no era el nombre que aparecía en el documento del registro, pero era su nombre. En su casa, los amigos, el panadero, el carnicero y hasta el señor del quiosco de periódicos, le llamaban Loto. A la abuela le costó un poco más. —Tienes un nombre bonito: Ernesto es un nombre muy importante, hay un libro que se llama La Importancia de llamarse Ernesto de Oscar Wilde, un gran escritor –le decía la abuela y le mostraba el libro–. ¿Te puedo llamar Ernesto? —Bueno abuela, tu sí, pero a mí me gusta Loto, –contestaba su nieto. Y la abuela, con un poco de esfuerzo, comenzó a llamarle como él prefería. Cuando ingresó en la primaria, las cosas cambiaron. El primer día, en la clase, la maestra le preguntó cómo se llamaba. —Loto, –contestó. —No, ¿cuál es tu nombre? –insistió. —Loto –dijo Loto un poco molesto. —No te pregunto por el sobrenombre, quiero saber cuál es tu nombre, el que está en el documento. Loto le dijo el nombre que estaba en el documento y, desde ese día, fue Ernesto. Los compañeros, que lo acababan de conocer, también comenzaron a llamarlo Ernesto. Poco a poco, sus padres dejaron de decirle Loto, y los amigos del barrio y hasta la abuela volvió a llamarlo Ernesto.

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Derechos del niño: Derecho a jugar, a tener amigos

Pablo iba a una escuela de doble turno. Algunos días, a la salida, lo buscaba su padre y otros su madre. Llevaban algo para merendar en el viaje hasta el club donde entrenaba para jugar al fútbol. Era un muy buen defensor y amaba ese puesto. El entrenador le había preguntado si no quería probarse en la delantera del equipo porque veía que tenía grandes posibilidades, pero a él no le interesaba.

Un día, la maestra pidió una entrevista con los padres.

—No lo veo bien a Pablo, parece triste, cansado. El rendimiento bajó un poco, pero está bien... Me preocupa que no lo veo bien, le falta entusiasmo. El padre y la madre se fueron preocupados. ¿Qué le podría pasar? Aparentemente, Pablo tenía todo lo que podía querer un chico de su edad. Esa noche, durante la cena, decidieron hablarlo.

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