Santo Tomás de Aquino, un modelo y un ejemplo

Fidel Herráez Vegas (Arzobispo de Burgos)

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La celebración de este domingo coincide con la fiesta de Santo Tomás de Aquino. Me ha parecido conveniente que en alguna ocasión, como hoy, prestemos atención a alguna de las figuras que la Iglesia pone ante nuestros ojos a lo largo del año litúrgico. En la liturgia celebramos ante todo los distintos momentos o aspectos del misterio de la salvación. Pero a la vez es importante dirigir nuestra mirada a los santos, hombres y mujeres que a su paso por la tierra han hecho realidad en su vida el plan salvador de Dios.

Tomás de Aquino es sin duda alguna una de las figuras más relevantes de la historia de la Iglesia. Junto con San Agustín ha sido decisivo en el pensamiento cristiano, en el campo de la filosofía, de la teología y de la espiritualidad. Por su claridad intelectual y por la elevación de su doctrina se le ha llamado «Doctor Angélico». Fue también proclamado patrón de las escuelas católicas, universidades y universitarios, por la pasión que manifestaba por la verdad y por la confianza que tenía en el estudio y en la razón para alcanzar esa verdad. Recordar a Santo Tomás ha de ser un estímulo para el mundo universitario, al cual dirijo también hoy con todo afecto mi saludo y mi reconocimiento.

El Magisterio de la Iglesia, a través de los Concilios y de los Papas, ha alabado la doctrina y el pensamiento de Santo Tomás. El Concilio Vaticano II recomendó que los estudiantes de teología, para comprender y profundizar las verdades de la salvación, tuvieran como maestro a Santo Tomás. Con ello, había advertido ya Pío XII, no se pretende una mera repetición rutinaria de sus palabras, lo cual frenaría la investigación, sino imitar su profundo amor a la verdad y su fidelidad a la tradición de la Iglesia.

Tomás de Aquino nació en Rocasecca, Italia, en 1225 y desde muy joven descubrió su vocación religiosa como dominico, en la Orden de Predicadores, fundada pocos años antes por el burgalés Domingo de Guzmán, nacido en Caleruega y patrón de nuestra provincia. Con 27 años ya fue profesor en la Universidad de París, el centro intelectual de la Europa de la época. Murió antes de cumplir cincuenta años, dejando ya una vida plena y una impresionante obra. De su rica personalidad son muchos los aspectos que se podrían destacar. Aludiré a dos de ellos, que pueden ser luz y estímulo para todos nosotros.

1) Vivió con pasión la búsqueda de la verdad y la sensibilidad ante los interrogantes que planteaba la cultura que estaba naciendo en su época. Tuvo el coraje de estudiar la filosofía procedente del mundo griego, especialmente Aristóteles, para elaborar un sistema de pensamiento cristiano que estuviera a su altura. Se arriesgó, a pesar de las dificultades y de algunas incomprensiones. Y así prestó un gran servicio a la Iglesia. Como él mismo escribió, si el objetivo más alto de un capitán fuera preservar su barco, lo mantendría en el puerto para siempre.

2) Su dedicación intelectual estuvo sostenida y alentada por una profunda experiencia espiritual, por una piedad sincera y humilde. Algunos signos de ello son el Pange Lingua o el Adoro te devote, que aún cantamos en nuestra liturgia. Forman parte de los cinco himnos que compuso en honor del Santísimo Sacramento a petición del Papa Urbano IV, con motivo de haberse establecido la fiesta del Corpus Christi (1264).

A lo largo del año litúrgico, los santos son como estrellas que nos iluminan el camino. Santos de ayer, de hoy y de siempre, que son los fieles y auténticos seguidores de Jesús. Justo es evocar, agradecer y honrar a quienes, como Santo Tomás, entregaron a Dios y a la Iglesia su vida entera. Pidámosle hoy, en nuestra oración, que siga habiendo universitarios cristianos que busquen la verdad con la misma pasión y la misma vocación de servicio para contribuir al diálogo de la fe con la cultura de nuestro tiempo.

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