Un Ministerio al servicio de la Comunidad Eclesial

Fidel Herráez Vegas (Arzobispo de Burgos)

gil hellin

Se acaba de celebrar en nues­tra diócesis el Encuentro Nacional de los Diáconos Per­manentes. Es una buena ocasión para honrar su presencia entre nosotros, para agradecer su entrega al servicio de las comuni­dades cristianas, para valorar el mi­nisterio que ejercen y para fomen­tar esta vocación en nuestra propia diócesis.

En nuestra Iglesia diocesana hay dos diáconos permanentes. Tam­bién hay algunos miembros de nuestra comunidad que han inicia­do un período de discernimiento y de formación con el objetivo de ac­ceder igualmente a la ordenación como diáconos. En más de una ocasión os he hablado de la impor­tancia de los carismas y de los mi­nisterios para la vida concreta de la Iglesia. Gracias a ellos puede reali­zar su misión y atender a todas las tareas y necesidades. Hoy deseo ha­blaros de los diáconos permanen­tes, ya que es una realidad eclesial aún bastante desconocida o infra­valorada.

Durante muchos siglos en la Iglesia latina sólo se conocía el dia­conado como un paso en el cami­no hacia el presbiterado. Se orde­naban como diáconos solamente los que se preparaban para la orde­nación sacerdotal. Por eso sólo ac­tuaban como diáconos unos pocos meses, hasta que llegaban a ser sa­cerdotes; era, por tanto, un minis­terio provisional y transitorio.

El Concilio Vaticano II decidió recuperar o reinstaurar el diacona­do permanente, tal como se practi­caba en los primeros siglos de la Iglesia, admitiendo que (al igual que en la antigüedad) fueran hom­bres casados. Fue en aquel mo­mento una novedad, pero en reali­dad es algo profundamente tradi­cional. ¿Qué pretendía con ello el Vaticano II? Sería un error, como sucede a veces, que se vea a los diá­conos como sustitutos de los sacerdotes, como un medio de suplir o de compensar el descenso de vocaciones sacerdotales. Esa visión sería una falta de valoración del ministerio de los diáconos como tal y un modo muy pobre de entender la vida y la misión de la Iglesia, don­de todos los carismas son impor­tantes al servicio del pueblo de Dios.

El mismo nombre nos revela su sentido y su función. Diácono sig­nifica «servidor», «el que sirve». Es por ello el que hace presente y pro­longa la misma actitud de Jesucris­to que vino no a ser servido sino a servir. La actitud de servicio debe impregnar todas las actividades de la Iglesia y de los bautizados. Pero el diácono, en el seno de cada Igle­sia, asume como vocación perso­nal, como consagración de por vi­da, esa dimensión esencial de la Iglesia. Los diáconos permanentes sir­ven a la Palabra, al culto litúrgico y a la caridad; pueden predicar, cele­bran liturgias de la Palabra y son frecuentes sus tareas en la acción social y caritativa de la Iglesia; en algunas ocasiones, se responsabili­zan de la pastoral familiar, de la ca­tequesis y de muchas otras tareas. Cada Iglesia concreta debe discer­nir modos y campos para hacer presente y efectiva esa dimensión de la caridad y del servicio; y, por supuesto, debe agradecer que su acción misionera y samaritana pueda ser más amplia, significativa y eficaz a través del ministerio del diaconado, que Dios regala a su Iglesia. Entonces valoraríamos más el ministerio del diaconado.

Os invito por ello, tanto a los lai­cos como a los sacerdotes a reco­nocer y valorar el carisma del dia­conado permanente, a discernir su presencia en las comunidades ecle­siales, a apoyar decididamente a quienes lo hayan recibido. Agra­dezcamos el esfuerzo de quienes se han consagrado a esta tarea. Y acompañemos la misión del diáco­no en la Iglesia y en el mundo de hoy. Así se fortalecerá nuestra vida eclesial y seremos signos visibles y testigos más auténticos de Jesús servidor, Él que dijo de sí mismo «Yo estoy entre vosotros como el que sirve» (Lc 22, 24)

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