Verano, vacaciones y cultura del encuentro

Fidel Herráez Vegas (Arzobispo de Burgos)

gil hellin

Cuando llega el verano y nos emos envueltos, casi sin damos cuenta, en un ambiente vacacional, pienso que es una buena ocasión para recordar y comprender el sentido de la lla­mada «cultura del encuentro», a la que nos invita repetida­mente el Papa Francisco y que él mismo intenta practicar de modos tan diversos. La Iglesia en general, y cada cristiano en particular, deben contribuir a crear esa cultura del encuentro, tan necesaria en un mundo cargado de incomprensiones y tensiones. Y el verano, dice pre­cisamente el Santo Padre en una de sus homilías, que da a muchas personas la oportuni­dad de descansar, es también un tiempo favorable para cui­dar las relaciones humanas; es­tamos acostumbrados a una cultura de la indiferencia y te­nemos que trabajar y pedir la gracia de realizar una cultura del encuentro.

Nuestra época ha sido ca­racterizada como 'época de la movilidad'. Hace un par de se­manas os hablaba del tráfico y de los medios de transporte que en tan gran medida han cambiado nuestro estilo de vi­da. Gracias a ello son más fre­cuentes los viajes y los despla­zamientos, que se multiplican durante las vacaciones. Millo­nes de personas se ponen en movimiento para salir del en­torno cotidiano, para descan­sar y disfrutar de unas semanas de ocio, para conocer nuevas tierras y nuevas costumbres, para ampliar y enriquecer la propia experiencia ... Por eso el proyecto de vacaciones, por sencillo que sea, y ojalá pudie­ran tenerlo todos o los más po­sibles, se vive con ilusión y con alegres expectativas.

Pero es importante que no vivamos estos momentos de modo irresponsable o indife­rente, sino con actitud humana y cristiana. En las playas, en las autopistas, en los hoteles, en las estaciones, en los aeropuertos, circulan un sin número de per­sonas. Alguien ha designado a esos espacios 'no lugares', por­que la gente se encuentra de paso, en condiciones de anoni­mato y masificación; cierta­mente no hay ocasión para el diálogo ni para la comunica­ción, pues cada uno (o cada grupo) va pensando solo en sus planes y objetivos.

Deberíamos tener la sensi­bilidad de contemplar como personas a quienes se encuen­tren con nosotros, a lo largo del verano; cada una de ellas -co­mo nosotros mismos- llevan sus anhelos y sus sueños, tam­bién sus miedos y sus angus­tias. Por eso, nadie debe ser mi­rado como parte de una masa anónima sino como alguien que merece un profundo respeto. Y con la misma mirada debemos contemplar a quie­nes están trabajando para que los otros puedan disfrutar de su ocio y de su descanso.

Desde esa actitud funda­mental son posibles muchos encuentros. Porque encontrar­se es mucho más que cruzarse con el otro. Un gesto, una son­risa, una palabra, acercan a las personas, y en ocasiones pue­de desembocar en una conver­sación, en un diálogo, en un apoyo, en una relación durade­ra, en una amistad. Es un tra­bajo de artesanía, como dice el Papa Francisco, que se realiza desde la sencillez y desde la hu­mildad, desde lo concreto de las relaciones personales; pues éstas facilitan la aproximación y la cercanía y ayudan a supe­rar distancias e incomprensio­nes.

El Papa se ha propuesto en su ministerio la promoción de una cultura del encuentro para tender puentes de diálogo y pa­ra buscar lo bueno que hay en otros que son distintos. Él ha intentado por esta vía desacti­var situaciones de conflicto o focos de violencia poniendo en relación a las personas concre­tas. Y ese modo de actuar le ha convertido en un líder recono­cido también por los no cristia­nos como artífice de la paz. Así, como le gusta repetir, se gene­ran procesos y se consolidan actitudes que van transforman­do a las personas y las socieda­des. Pues propiciar la cultura del encuentro significa, en su sentido más hondo, establecer caminos que van de la comu­nión eclesial a la fraternidad universal, al engranaje social, en el que la Iglesia puede apor­tar la unidad y la caridad que son señas de su propia identi­dad.

Nosotros también, desde la sencillez de nuestras posibili­dades, tenemos ocasiones para colaborar en esa importante misión. Las vacaciones, tanto cuando viajamos como cuan­do entramos en relación con turistas y extranjeros en nues­tra propia ciudad, nos permi­ten sin duda poner en obra la acogida y la hospitalidad, el acercamiento y la amabilidad, la proximidad y la convivencia. Así que os invito y os animo a hacer del tiempo de vacacio­nes:

-Un encuentro con Dios, que es quien pone la alegría y el descanso en nuestro cami­no;

-Un encuentro con nosotros mismos para renovar energías, proyectos y esperanzas;

-Un encuentro con quienes tengamos alrededor, empezan­do por la propia familia, para disfrutar del verano haciendo también algo para que disfru­ten los demás.

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