Evangelio del Domingo, 2 de Agosto de 2015

Desde que comenzó la crisis, el empleo se ha convertido en prioridad, casi en obsesión. De repente hemos descubierto que trabajar no es una desgracia sino una suerte y que el trabajo, además de ser el medio más adecuado y digno para sacar adelante la familia y la sociedad, es un instrumento eficacísimo para evitar depresiones y vicios personales y sociales. Es un paso positivo. Sin embargo, es un error pensar que tener un empleo es lo más importante de la vida.

Hay mucha gente que por edad –los bebés y ancianos- u otras situaciones –los enfermos hospitalizados-, no pueden trabajar y su vida tiene pleno sentido. A la postre, se trata de no reducir al hombre a un productor o consumidor de cosas materiales. Es lo que les ocurrió a quienes habían disfrutado del milagro de la multiplicación de los panes y los peces que encontrábamos el domingo pasado.

Precisamente, el que entonces había sentido lástima de su situación y había puesto remedio eficaz, en el evangelio de hoy les echa en cara que van detrás de él en busca de un nuevo milagro. Al comer el pan se habían quedado en saciarse, nada más. No habían entendido que la multiplicación de los panes y peces era signo de un don espiritual. Jesús les hace ver ahora que, además de un pan material, existe un pan espiritual. Él mismo es este pan.

Tener este Pan espiritual es algo tan maravilloso, que sólo el que lo tiene puede saciar el hambre de sentido que late en el corazón de todo hombre y de toda mujer. En otras personas y en otras cosas podemos encontrar satisfacciones más o menos superficiales y pasajeras. Pero la satisfacción plena y profunda de nuestra vida sólo se encuentra si nos alimentamos de Dios.

Aquel hambriento tan pertinaz y apasionado que fue san Agustín, dejó escrito desde su personal experiencia: "Nos hiciste, Señor, para Ti y nuestro corazón no descansará hasta que repose en Ti". Sólo Dios sacia. Sólo Dios basta. Busquemos, sí, el pan material. Pero busquemos con mayor afán aún el pan que necesita nuestra alma y que sólo podemos encontrar en Dios. Hemos nacido para algo más que para comer, divertirnos e ir al fútbol.


Lectura del santo evangelio según san Juan (6,24-35):

En aquel tiempo, al no ver allí a Jesús ni a sus discípulos, la gente subió a las barcas y se dirigió en busca suya a Cafarnaún.

Al llegar a la otra orilla del lago, encontraron a Jesús y le preguntaron:

«Maestro, ¿cuándo has venido aquí?»

Jesús les dijo:

«Os aseguro que vosotros no me buscáis porque hayáis visto las señales milagrosas, sino porque habéis comido hasta hartaros. No trabajéis por la comida que se acaba, sino por la comida que permanece y os da vida eterna. Ésta es la comida que os dará el Hijo del hombre, porque Dios, el Padre, ha puesto su sello en él.»

Le preguntaron:

«¿Qué debemos hacer para que nuestras obras sean las obras de Dios?»

Jesús les contestó:

«La obra de Dios es que creáis en aquel que él ha enviado.»

«¿Y qué señal puedes darnos –le preguntaron– para que, al verla, te creamos? ¿Cuáles son tus obras? Nuestros antepasados comieron el maná en el desierto, como dice la Escritura: "Dios les dio a comer pan del cielo."»

Jesús les contestó:

«Os aseguro que no fue Moisés quien os dio el pan del cielo. ¡Mi Padre es quien os da el verdadero pan del cielo! Porque el pan que Dios da es aquel que ha bajado del cielo y da vida al mundo.»

Ellos le pidieron:

«Señor, danos siempre ese pan.»

Y Jesús les dijo:

«Yo soy el pan que da vida. El que viene a mí, nunca más tendrá hambre, y el que en mí cree, nunca más tendrá sed.»

Parroquia Sagrada Familia