Evangelio del Lunes, 1 de enero de 2018

En este día, por ser octava de la Navidad y por ser principio de año, tiene una relevancia muy especial la Madre de ese Niño “que nos ha nacido” y es el Hijo de Dios. Así que en la liturgia este día se llama “Fiesta de Santa María Madre de Dios”. Hoy es como ver la Navidad bajo la mirada de la Virgen María.

El hecho de que comience un año nuevo es motivo para desearnos todos el bien y la paz. De una manera concreta deseamos la bendición de Dios. Por eso en la 1ª lectura nos presenta una famosa bendición del Antiguo Testamento que Dios reveló a Moisés para desearla a los israelitas.

Cada año y cada instante necesitamos la bendición de Dios. Que no aparte su rostro, lleno de bondad, de nosotros. Esa será nuestra felicidad.

Bendecir significa: “bien decir”. Que Dios tenga siempre que bien decir de nosotros. Cada palabra de Dios sea como un beso de amor. En este día Dios nos bendice, pero quiere nuestra colaboración. Quiere que también nosotros nos dediquemos a bendecir. De modo que lleguemos a ser una bendición para los demás. Dios quiere que cuando nos acerquemos a los demás, seamos una irradiación de la luz y amor de Cristo.

Si pedimos a Dios la paz, debe ser porque estamos dispuestos a trabajar por la paz. Desde hace ya muchos años, la Iglesia quiere que el nuevo año comience bajo el signo de la paz. Y el papa dirige al mundo un mensaje especial acerca de la paz. Este año, que es la 51 jornada de la paz, el papa Francisco ha escogido este lema: "Migrantes y refugiados: hombres y mujeres que buscan la paz".

 

Lectura del santo evangelio según san Lucas (2,16-21):

En aquel tiempo, los pastores fueron corriendo hacia Belén y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que se les había dicho de aquel niño.
Todos los que lo oían se admiraban de lo que les habían dicho los pastores. María, por su parte, conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón.
Y se volvieron los pastores dando gloria y alabanza a Dios por todo lo que habían oído y visto, conforme a lo que se les había dicho.
Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidar al niño, le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción.

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