Evangelio del Domingo, 31 de diciembre de 2017

Estamos en el Templo de Jerusalén. Han pasado cuarenta días del nacimiento de Jesús y su Madre le ha traído para cumplir lo que prescribe la Ley de Moisés: purificarse Ella, rescatar a su hijo primogénito y hacer la ofrenda de los pobres: dos palomas. Ciertamente Ella no tiene necesidad de ninguna purificación, porque es la Purísima. Jesús tampoco necesita demostrar que pertenece a Dios, porque él mismo es Dios. Pero ninguno de los dos quieren hacer gala de nada y prefieren presentarse como uno más. No les va a ser posible, porque Dios Padre ha previsto que dos ancianos, representantes del mejor Israel, sepan que ha llegado el Salvador del mundo y lo proclamen abiertamente. Uno se llama Simeón y el otro es una mujer viuda que se llama Ana. Cuando Simeón ha visto al Niño, el Espíritu Santo le revela que no es un niño como los demás sino “el esperado por las naciones”, el Mesías anunciado y anhelado. Y, lleno de alegría, prorrumpe en un cántico de alabanza y acción de gracias: “Ahora, Señor, ya puedo morirme en paz, porque mis ojos ha visto a tu Salvador”. La anciana se suma a su alabanza “dando gracias a Dios”. Pero Simeón no sólo da gracias y alaba a Dios sino que hace una gran profecía, acorde con el Niño y la Madre que tiene delante, un Niño que ha venido a dar la vida y una Madre cuya misión es acompañarle en esa entrega. Por eso, dirigiéndose a María, le anuncia la verdad: “Éste será una bandera discutida y a Ti una espada te atravesará el alma”. La espada es un instrumento de violencia que hiere y mata. El alma es la fuente y el centro de toda la vida del hombre. María queda asociada desde ahora a la suerte de su Hijo, que no será el Mesías glorioso y político que muchos esperan sino un Mesías de dolor y de sufrimiento, que salvará a los hombres muriendo en una Cruz, aunque luego resucitará.

Cuando esta noche cerremos la última página de 2017 y abramos la primera de 2018, escribamos estas palabras: “Este año seré más de María, porque quiero ser más de Jesús”.

¡Feliz Año Nuevo!

 

Lectura del Santo Evangelio según san Lucas (2,22-40):

Cuando llegó el tiempo de la purificación, según la ley de Moisés, los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén, para presentarlo al Señor. (De acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: "Todo primogénito varón será consagrado al Señor"), y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor: "un par de tórtolas o dos pichones". Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre honrado y piadoso, que aguardaba el Consuelo de Israel; y el Espíritu Santo moraba en él. Había recibido un oráculo del Espíritu Santo: que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu, fue al templo.

Cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo previsto por la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: «Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel.»
Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño.

Simeón los bendijo, diciendo a María, su madre: «Mira, éste está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será como una bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos corazones. Y a ti, una espada te traspasará el alma.»

Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era una mujer muy anciana; de jovencita había vivido siete años casada, y luego viuda hasta los ochenta y cuatro; no se apartaba del templo día y noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones. Acercándose en aquel momento, daba gracias a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén. Y cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios lo acompañaba.

 

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