Evangelio del Domingo, 3 de diciembre de 2017

El domingo pasado leí una entrevista a un reciente premio Nobel. En un momento determinado le pregunta el periodista si es creyente. Responde así:

“Hace tiempo que dejé esto a un lado, pues Dios es una cuestión irrelevante”. Me dio pena, recé por él y no pude menos de decirme a mí mismo que se puede ser un sabio en lo humano y carecer de ese don que Dios concede a los pequeños y sencillos: la fe y ser un gran indigente religioso. Sirvió también para recordarme que esta persona no es la única que piensa así sino que hoy son incontables los que piensan como él. De todos modos, no pude menos de hacerme esta reflexión: él no ha creado las ondas gravitacionales que investiga ni se ha autodonado la inteligencia con que las ha descubierto ni la salud mental para seguir investigando. Traigo esto a colación, porque en el evangelio de este domingo – primero del año litúrgico de la Iglesia y primero de adviento-, Jesucristo no se cansa de insistir: “Estad despiertos”, “velad, porque no sabéis el día ni la hora”.

Efectivamente, todos sabemos que, más bien pronto que tarde, quien nos ha creado y regalado tantísimas gracias, vendrá a nuestro encuentro y nos preguntará en qué y para qué hemos empleado ese ingente capital que puso en nuestras manos para que le sirviéramos a él y, por él, a los demás. Hay mucha gente que piensa que es dueño y señor y que no tiene que dar cuentas a nadie. Olvidan que no somos dueños sino administradores, depositarios de algo que es anterior a nosotros y se nos ha regalado para que lo usemos con responsabilidad. Por eso es muy pertinente que al comienzo del año litúrgico pongamos los ojos en la meta, para que nuestra vida no sea un simple dar pasos sino caminar hacia un destino bien definido: nuestro encuentro definitivo con Dios. Tenemos la suerte de poder recorrerlo no a tumbos y sin luz en la noche sino guiados por Jesucristo. Por eso es tan oportuno que la Iglesia nos invite a vivir con fervor el tiempo de Adviento que hoy comienza y que ponga en nuestros labios esta ferviente plegaria: “Ven, Señor Jesús”. Ven y no tardes. Ven e inúndanos con tu luz.

 

Lectura del santo evangelio según san Marcos (13,33-37):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«Mirad, vigilad: pues no sabéis cuándo es el momento. Es igual que un hombre que se fue de viaje y dejó su casa, y dio a cada uno de sus criados su tarea, encargando al portero que velara. Velad entonces, pues no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa, si al atardecer, o a medianoche, o al canto del gallo, o al amanecer; no sea que venga inesperadamente y os encuentre dormidos. Lo que os digo a vosotros lo digo a todos: ¡Velad!»

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