Evangelio del Domingo, 15 de octubre de 2017

Algunos piensan que es igual acoger a dios y rechazarlo, blasfemar y hablar con educación, ir a misa y no pisar nunca la iglesia, educar a los hijos y escandali­zarlos, tener odio y perdonar, vivir en cas­tidad y atiborrados de pornografía, decir mentiras y decir la verdad, estafar y ser honrado en los negocios, en una palabra: decir "sí" a la invitación que Dios nos ha­ce para participar en su banquete de bo­das -el Cielo- y no rechazar una y otra vez sus mandamientos. Jesús responde hoy en el evangelio y nos dice: no es lo mis­mo.

Ciertamente, podemos elegir libre­mente, pero no somos libres frente a las consecuencias de nuestra elección. El pueblo de Israel era libre para aceptar la alianza que Dios le ofertó, pero, una vez aceptada, ya no lo era para violarla. Por eso, ante la continua infidelidad, Dios le quitó esta primogenitura y se la entregó a otro Pueblo. Es el mismo tema que el del domingo anterior y el precedente. Única­mente varía el punto de comparación: dos hijos ante la propuesta de su padre, los viñadores malvados y los invitados a una boda. Jesús recuerda a los dirigentes del Pueblo elegido que serán apartados del banquete y sustituidos por otros invi­tados, porque una y otra vez han rechaza­do la invitación con desdén, desprecio o violencia. La insistencia de Jesús en el mismo argumento muestra que se trata de algo muy serio. Ciertamente lo es. Por­que lo que está en juego es nuestro desti­no eterno, que es el verdadero banquete al que Dios nos invita con insistencia, aunque sin obligarnos a entrar y compar­tir nuestro futuro eterno con él. Podemos aceptar su invitación y podemos recha­zarla.

Las consecuencias no pueden ser iguales. Por eso hemos de tener miedo a equivoquemos de ruta. Lo que le sucedió al Pueblo judío nos sucederá a nosotros si nuestra respuesta es como la suya. Re­chazar la invitación de Dios a compartir el Cielo con él es atarle las manos y au­toexcluirnos. Jesús nos advierte de nues­tro posible mal uso de la libertad y nos in­vita a reflexionar sobre nuestro compor­tamiento actual. ¿Estamos aceptando a Dios o prescindimos de él e incluso le re­chazamos?

 

 

Lectura del santo evangelio según san Mateo (22,1-14):

En aquel tiempo, de nuevo tomó Jesús la palabra y habló en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:

«El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo. Mandó criados para que avisaran a los convidados a la boda, pero no quisieron ir. Volvió a mandar criados, encargándoles que les dijeran: "Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas, y todo está a punto. Venid a la boda." Los convidados no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios; los demás les echaron mano a los criados y los maltrataron hasta matarlos. El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad. Luego dijo a sus criados: "La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Id ahora a los cruces de los caminos, y a todos los que encontréis, convidadlos a la boda." Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales. Cuando el rey entró a saludar a los comensales, reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo: "Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin vestirte de fiesta?" El otro no abrió la boca. Entonces el rey dijo a los camareros: "Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes." Porque muchos son los llamados y pocos los escogidos.»

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