Evangelio del Domingo, 20 de agosto de 2017

El evangelio de hoy nos trae un suceso algo extraño en que Jesús se muestra casi demasiado judío, aparentemente sordo a una oración; pero generoso cuando constata una oración sincera y humilde. Jesús con los discípulos habían salido al extranjero, tierra de Tiro y de Sidón, quizá huyendo de la presión de los fariseos para tener unos días de calma y poder profundizar en la enseñanza del Reino de Dios. Pero hasta allí se había corrido la fama de Jesús y es reconocido. Hay una mujer de aquel lugar que se siente desesperada porque no sabe qué hacer para curar a su hija. Eso significa la frase de que “es malamente atormentada por un demonio”. Y comienza a gritar.
Los apóstoles actúan como cualquier buen discípulo de aquel tiempo: Hacer que se marche para que el Maestro esté tranquilo. Y como a ellos no les hace caso, le dicen a Jesús que la despida. Jesús dice una expresión a los apóstoles en cierto sentido como dándoles la razón: “No he sido enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel”.

La narración, aunque es verdad lo que pasó, está escrita o narrada con un sentido catequístico por parte de Mateo para los de su comunidad, donde había judíos convertidos y paganos que pedían el evangelio. Lo mismo que la ley de Moisés y las enseñanzas de los profetas eran principalmente para los judíos, pero con un sentido universalista, que casi no supieron comprender, también Jesús comenzó su misión entre los judíos para que luego los apóstoles comenzasen a extender su mensaje por todo el mundo. Aquí aparece su primera misión y su deseo universalista.

Jesús se hacía como que no oía el clamor de aquella mujer. Cuántas veces nos pasa a nosotros que, en nuestra angustia, parece como que Dios está en silencio. Desea purificar nuestra petición, que se acreciente más la fe, para que el don no sea sólo algo material, sino que Dios pueda alabar nuestra constancia y humildad.

La mujer insiste en su petición con más valentía acercándose a Jesús. La valentía consistía en que se salta las barreras de los prejuicios sociales: las mujeres estaban mal consideradas si se acercaban en público a hablar a un hombre y mucho más si eran extranjeras. Ahora escucha un rechazo de Jesús: “No es bueno tomar el pan de los hijos y arrojarlo a los perros”. A veces nosotros para suavizarlo traducimos “perrillos” o “cachorrillos”. Pero era una expresión usual en aquel tiempo. Simplemente que los judíos llamaban a los no judíos: “perros”. Y Jesús aquí quiere mostrarse (y san Mateo quiere recalcarlo) como un verdadero judío. Ella así lo entendió y lo aceptó. Reconoce que es inferior; pero también reconoce en Jesús una bondad sin límites.

Lo importante aquí no es lo que dijo Jesús, sino con qué tono. ¡Con qué amor lo diría Jesús, que la mujer en vez de sentirse rechazada, le responde con más confianza y valentía! Esta confianza, humildad y perseverancia en aquella oración le vencieron a Jesús. Entonces no sólo le concede lo que pide, sino que ante todos alaba la fe de aquella mujer. Este es un gran ejemplo para nuestras oraciones.

A veces encontramos personas de poca práctica religiosa o de religiones extrañas, que tienen una gran oración y son agradables ante Dios. Debemos ser respetuosos ante las cosas buenas que encontramos fuera de nuestros grupos o de nuestra religión. Dios es tan grande que no se le puede poseer en exclusiva. Está entre nosotros de muchas maneras y a veces con muchos disfraces. Mucha gente está fuera de la Iglesia, porque no hemos sabido acogerles. Quizá se les ha exigido demasiado cambio de cultura o actitudes que Cristo no ha pedido. Ciertamente que la iglesia pensada por Jesucristo debe ser sacramento de salvación para todos los hombres y el celo de Dios debe encender nuestro espíritu; pero no se deben crear enemigos sólo por el hecho de tener una religión diferente, sino que una verdadera religión debe llevarnos a amar a todos. Una última idea: Si Jesús lo hubiera concedido a la 1ª petición, la mujer se hubiera ido tranquila, pero sin haber acrecentado su fe y su amor hacia Jesús.

 

Lectura del santo evangelio según san Mateo (15,21-28):

En aquel tiempo, Jesús se marchó y se retiró al país de Tiro y Sidón.
Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle:

«Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo.»

Él no le respondió nada.
Entonces los discípulos se le acercaron a decirle:

«Atiéndela, que viene detrás gritando.»

Él les contestó:

«Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel.»

Ella los alcanzó y se postró ante él, y le pidió:

«Señor, socórreme.»

Él le contestó:

«No está bien echar a los perros el pan de los hijos.»

Pero ella repuso:

«Tienes razón, Señor; pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos.»

Jesús le respondió:

«Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas.»

En aquel momento quedó curada su hija.

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